Embarazada y obesa
Cuando me quedé embarazada por primera vez mi peso rondaba los 120 kilos. No recuerdo exactamente cuanto pero sí que durante los nueve meses adelgacé 14 kilos. Un nuevo misterio de mi cuerpo. Comía como una embarazada, controlé mucho la sal, los embutidos, el queso, en fin, todo lo que me dijeron, pero comía. Y adelgacé. Una ventaja porque nadie me dio el coñazo con el peso durante esos meses. ¡Qué a gusto!
No me quedé embarazada de forma natural. Me detectaron y diagnoticaron SOP (Síndrome del Ovario Poliquístico) que es una enfermedad que tienen algunas mujeres de desequilibrio de las hormonas sexuales femeninas. Esto provoca cambios en el ciclo menstrual, quistes en los ovarios, dificultad para quedar embarazada y otros problemas como vello corporal extra, colesterol alto y obesidad (genial, lo que me hacía falta, otro más a añadir a la lista). En el SOP, los óvulos maduros no se liberan durante la ovulación, sino que permanecen circundados por una pequeña cantidad de líquido. Y tuve que pincharme en la barriga unas hormonas durante unos días para ayudar a que se abrieran los folículos y bajaran los óvulos a su sitio para encontrarse con algún espermatozoide. En fin, allanarle el camino. Y lo hizo. Uno de mis óvulos bajó y fue fecundado. Embarazada. ¡YUJUUU!
El primer embarazo llegó tras 2 años de intentos fallidos pero fue genial: Hormonas tiroideas controladas, asma controlado, algo de proteína en la orina pero todo controlado. Me sentía genial. Cada semana que pasaba me encontraba mejor, más ligera y más a gusto. Luego nació mi hijo (de una manera un tanto inesperada y no deseada, pero eso es para otras webs) y nació perfecto. Las pruebas del talón para la detección precoz de las enfermedades metabólicas congénitas salieron bien y todo quedó descartado: no había hipotiroidismo congénito. Genial. Yo volví a engordar lo adelgazado sin pestañear a pesar de la lactancia y el cansancio. Tenia 28 años.
El segundo embarazo tardó casi 5 años en llegar (yo tenía 33 años), por lo que mis hijos se llevan 6 años y un mes de diferencia. Cuando pasó un tiempo prudencial desde el primero nos pusimos manos a la obra pero no había manera. Solicité el tratamiento de las inyecciones al ginecólogo y me dijo que ya no lo hacían en mi ciudad y me derivaron a otro hospital. Mientras tanto iba pasando el tiempo. En el otro hospital me dijeron que para entrar en su lista de tratamiento debería adelgazar, al menos, 50 kilos pero como ya tenía un hijo y mi capricho de ser madre ya está cubierto, aunque entrara, iría al final de la lista porque no tenía preferencia. Hala, a casa. Cuando adelgace 50 kilos vuelva. Te sueltan eso y se quedan tan a gusto y por la noche dormirán a pierna suelta mientras tú te hundes y no dejas de llorar por estar gorda y no poder cambiarlo. Mi endocrina quiso ayudarme un poco con un trtamiento con metformina, que ayuda a controlar el azúcar (yo estaba entonces en valores altos al límite de la diabetes) y también a controlar la menstruación, a hacerla más regular. Y supongo que funcionó.
Mi cuerpo me tenía reservada una sorpresa y no se dejó amedrentar por el ginecólogo. Me quedé embarazada de forma natural y fue genial también. Aunque éste embarazo fue más agobiante porque tuve diabetes gestacional. La diabetes gestacional es un tipo de diabetes que se desarrolla solo durante el embarazo y por la que el azúcar en sangre está más elevada de lo normal. El cuerpo usa la glucosa para obtener energía pero cuando hay un exceso no la gestiona de manera correcta y tiende a acumularse y a generar ciertos problemas. Las hormonas del embarazo pueden bloquear el trabajo que hace la insulina y causar ciertos problemas de salud como temblores, sed, visión borrosa, fatiga o infecciones frecuentes.
Dentro de los factores de riesgo de padecer diabetes gestacional, yo era mayor de 25 años, obesa y con SOP. El resto nada de nada: mi bebé anterior fue de tamaño normal, no tenía antecedentes familiares, el liquido amniótico era normal, sin abortos previos ni aumento excesivo de peso durante el embarazo.
Empecé controlando la alimentación pero los niveles de azúcar en la mañana sobretodo se subían mucho, de modo que acabé pinchándome insulina para el tratamiento. Me detectaron la diabetes en la prueba oral de tolerancia a la glucosa que se suele realizar en el segundo trimestre de embarazo pero a mi me la hicieron antes porque mi endocrina lo creyó oportuno tras la analítica del primer trimestre. Al final del embarazo mi bebé estaba dentro de la normalidad de peso y tampoco dio positivo en las pruebas metabólicas congénitas. Perfecto. En este embarazo adelgacé 11 kilos y mis niveles de glucosa volvieron a la normalidad tras dar a luz.
Con 35 años y 136 kilos mi cuerpo decidió que estaba listo para un tercer embarazo y, sin avisar ni planear me volví a quedar embarazada de forma natural. Fue una sorpresa pero ahora con mis hijos sé que fue lo que tenía que pasar y fue lo mejor del mundo. De nuevo diabetes gestacional, que detecté yo misma con controles rutinarios en casa por lo que no hizo falta curva ni nada. Control de hidratos de carbono y demás e insulina a saco. Ya era una experta en esto de la otra vez así que lo llevé algo mejor aunque no quita que sea un rollo estar así, pero bueno. Lo malo: TENÍA HAMBRE. Mucha hambre. Nunca me había pasado y era una sensación bastante ajena a mi entendimiento. En todo el embarazo engordé 9 kilos. No es mucho para una embarazada normal pero sí para una embarazada obesa. Sobretodo porque pasé de los 140 kilos que era mi límite mental y psicológico, mi barrera marcada para no pasarla. El día que pasé la línea lloré mucho. Mi bebé estaba bien y yo estaba bien. ¡¡PERO PESABA MÁS DE 140 KILOS!! Y estaba embarazada. ¿Hasta donde iba a llegar? ¿Cuantas cosas tendría que aguantar en paritorio si me tocaban los tontos de turno? Menos mal que la matrona que me seguía el embarazo era un amor y en ningún momento me habló del peso. Incluso me ofreció no pesarme si así me sentía mejor.
Fue duro. Más para mi, como ejercicio personal que para los demás. Pero me costó no pensar en esa cifra más de una noche. Resultado de este embarazo: un bebé precioso sin problemas metabólicos congénitos ni un peso descomunal al nacer. Todo OK. Yo recuperé algo de mi peso y la diabetes desapareció del mapa a pesar de los miedos que me metió todo el mundo que después de 2 embarazos con diabetes contara con ella para siempre. ¡Uf! Se equivocaron.
El día que me iban a dar el alta el neonatólogo me preguntó si tenía los anticuerpos. Yo no tenía ni idea de qué anticuerpos se trataba y el hombre se sorprendió que teniendo 3 hijos no me lo haya hecho antes (lo confirmó con mi historia). Me sacaron sangre y no había anticuerpos antitiroideos (anti-TPO ni anti-TG) por lo que no hace falta seguimiento a ninguno de mis hijos. Nos fuimos a casa.
Hoy por hoy mis hijos siguen sanos y no hay rastro de que hayan heredado mis problemas tiroideos. Ojalá sigan así siempre.
No me quedé embarazada de forma natural. Me detectaron y diagnoticaron SOP (Síndrome del Ovario Poliquístico) que es una enfermedad que tienen algunas mujeres de desequilibrio de las hormonas sexuales femeninas. Esto provoca cambios en el ciclo menstrual, quistes en los ovarios, dificultad para quedar embarazada y otros problemas como vello corporal extra, colesterol alto y obesidad (genial, lo que me hacía falta, otro más a añadir a la lista). En el SOP, los óvulos maduros no se liberan durante la ovulación, sino que permanecen circundados por una pequeña cantidad de líquido. Y tuve que pincharme en la barriga unas hormonas durante unos días para ayudar a que se abrieran los folículos y bajaran los óvulos a su sitio para encontrarse con algún espermatozoide. En fin, allanarle el camino. Y lo hizo. Uno de mis óvulos bajó y fue fecundado. Embarazada. ¡YUJUUU!
El primer embarazo llegó tras 2 años de intentos fallidos pero fue genial: Hormonas tiroideas controladas, asma controlado, algo de proteína en la orina pero todo controlado. Me sentía genial. Cada semana que pasaba me encontraba mejor, más ligera y más a gusto. Luego nació mi hijo (de una manera un tanto inesperada y no deseada, pero eso es para otras webs) y nació perfecto. Las pruebas del talón para la detección precoz de las enfermedades metabólicas congénitas salieron bien y todo quedó descartado: no había hipotiroidismo congénito. Genial. Yo volví a engordar lo adelgazado sin pestañear a pesar de la lactancia y el cansancio. Tenia 28 años.
El segundo embarazo tardó casi 5 años en llegar (yo tenía 33 años), por lo que mis hijos se llevan 6 años y un mes de diferencia. Cuando pasó un tiempo prudencial desde el primero nos pusimos manos a la obra pero no había manera. Solicité el tratamiento de las inyecciones al ginecólogo y me dijo que ya no lo hacían en mi ciudad y me derivaron a otro hospital. Mientras tanto iba pasando el tiempo. En el otro hospital me dijeron que para entrar en su lista de tratamiento debería adelgazar, al menos, 50 kilos pero como ya tenía un hijo y mi capricho de ser madre ya está cubierto, aunque entrara, iría al final de la lista porque no tenía preferencia. Hala, a casa. Cuando adelgace 50 kilos vuelva. Te sueltan eso y se quedan tan a gusto y por la noche dormirán a pierna suelta mientras tú te hundes y no dejas de llorar por estar gorda y no poder cambiarlo. Mi endocrina quiso ayudarme un poco con un trtamiento con metformina, que ayuda a controlar el azúcar (yo estaba entonces en valores altos al límite de la diabetes) y también a controlar la menstruación, a hacerla más regular. Y supongo que funcionó.
Mi cuerpo me tenía reservada una sorpresa y no se dejó amedrentar por el ginecólogo. Me quedé embarazada de forma natural y fue genial también. Aunque éste embarazo fue más agobiante porque tuve diabetes gestacional. La diabetes gestacional es un tipo de diabetes que se desarrolla solo durante el embarazo y por la que el azúcar en sangre está más elevada de lo normal. El cuerpo usa la glucosa para obtener energía pero cuando hay un exceso no la gestiona de manera correcta y tiende a acumularse y a generar ciertos problemas. Las hormonas del embarazo pueden bloquear el trabajo que hace la insulina y causar ciertos problemas de salud como temblores, sed, visión borrosa, fatiga o infecciones frecuentes.
Dentro de los factores de riesgo de padecer diabetes gestacional, yo era mayor de 25 años, obesa y con SOP. El resto nada de nada: mi bebé anterior fue de tamaño normal, no tenía antecedentes familiares, el liquido amniótico era normal, sin abortos previos ni aumento excesivo de peso durante el embarazo.
Empecé controlando la alimentación pero los niveles de azúcar en la mañana sobretodo se subían mucho, de modo que acabé pinchándome insulina para el tratamiento. Me detectaron la diabetes en la prueba oral de tolerancia a la glucosa que se suele realizar en el segundo trimestre de embarazo pero a mi me la hicieron antes porque mi endocrina lo creyó oportuno tras la analítica del primer trimestre. Al final del embarazo mi bebé estaba dentro de la normalidad de peso y tampoco dio positivo en las pruebas metabólicas congénitas. Perfecto. En este embarazo adelgacé 11 kilos y mis niveles de glucosa volvieron a la normalidad tras dar a luz.
Con 35 años y 136 kilos mi cuerpo decidió que estaba listo para un tercer embarazo y, sin avisar ni planear me volví a quedar embarazada de forma natural. Fue una sorpresa pero ahora con mis hijos sé que fue lo que tenía que pasar y fue lo mejor del mundo. De nuevo diabetes gestacional, que detecté yo misma con controles rutinarios en casa por lo que no hizo falta curva ni nada. Control de hidratos de carbono y demás e insulina a saco. Ya era una experta en esto de la otra vez así que lo llevé algo mejor aunque no quita que sea un rollo estar así, pero bueno. Lo malo: TENÍA HAMBRE. Mucha hambre. Nunca me había pasado y era una sensación bastante ajena a mi entendimiento. En todo el embarazo engordé 9 kilos. No es mucho para una embarazada normal pero sí para una embarazada obesa. Sobretodo porque pasé de los 140 kilos que era mi límite mental y psicológico, mi barrera marcada para no pasarla. El día que pasé la línea lloré mucho. Mi bebé estaba bien y yo estaba bien. ¡¡PERO PESABA MÁS DE 140 KILOS!! Y estaba embarazada. ¿Hasta donde iba a llegar? ¿Cuantas cosas tendría que aguantar en paritorio si me tocaban los tontos de turno? Menos mal que la matrona que me seguía el embarazo era un amor y en ningún momento me habló del peso. Incluso me ofreció no pesarme si así me sentía mejor.
Fue duro. Más para mi, como ejercicio personal que para los demás. Pero me costó no pensar en esa cifra más de una noche. Resultado de este embarazo: un bebé precioso sin problemas metabólicos congénitos ni un peso descomunal al nacer. Todo OK. Yo recuperé algo de mi peso y la diabetes desapareció del mapa a pesar de los miedos que me metió todo el mundo que después de 2 embarazos con diabetes contara con ella para siempre. ¡Uf! Se equivocaron.
El día que me iban a dar el alta el neonatólogo me preguntó si tenía los anticuerpos. Yo no tenía ni idea de qué anticuerpos se trataba y el hombre se sorprendió que teniendo 3 hijos no me lo haya hecho antes (lo confirmó con mi historia). Me sacaron sangre y no había anticuerpos antitiroideos (anti-TPO ni anti-TG) por lo que no hace falta seguimiento a ninguno de mis hijos. Nos fuimos a casa.
Hoy por hoy mis hijos siguen sanos y no hay rastro de que hayan heredado mis problemas tiroideos. Ojalá sigan así siempre.


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